La infidelidad es un concepto social inventado por “el hombre” (Nº1)

Empezaré este artículo-carta con una larga introducción, pues es importante entender el contexto de dónde nace la inquietud de escribir sobre estos temas. Sí, así en plural, porque espero escribir sobre varios temas. Ante esto, tengo que decir que mi hija, desde que nació, es mi mayor inspiración para escribir, pero sobre todo es mi mayor razón para proclamarme feminista. Esto es lo que me ha motivado a estudiar y aprender cada día más.

Desde pequeña, ella me ha atacado con preguntas filosofales, que me ha tocado ir respondiéndole de acuerdo a mi conocimiento -estoy segura de que no es solo ella, sino que todos los niños y niñas del mundo hacen preguntas difíciles a sus padres y madres, pero nosotros somos quienes reducimos las respuestas a lo que queremos ir construyendo en ellos-, cuando no tengo una respuesta completa, la buscamos juntas en el diccionario o internet, hallando diversidad de respuestas, las razonamos, reflexionamos y luego sacamos nuestras propias conclusiones. En ocasiones, yo he prometido averiguar la información con algún especialista sobre su pregunta. Eso me ha despertado la sed de conocimiento que se había quedado dormida al entrar en la adultés.

Quienes han leído mis post saben sobre las #ConversacionesMadreeHija que tenemos con ella y lo elocuentes que son. Pues su primera pregunta que me movió el mundo fue cuando maté una hormiga, de manera inconsciente, en mi brazo, y ella me preguntó: “cuando las hormigas se mueren, ¿a dónde se van?” Y yo, que no quise contestar simple y llanamente, le dije que algunas personas creen que, todo ser vivo que muere, se va al cielo; otras personas creen en la reencarnación (tuve que explicar ese concepto) y otras, sencillamente, creen que no pasa nada, que se mueren y ya. A lo que ella expresó con sus ojos curiosos y extrañados: “mamá, pero en el cielo están los planetas”. Solo tenía dos años y su respuesta, me pareció fabulosa y razonada.

Desde entonces, siempre, siempre, le doy respuestas amplias para que ella analice y decida sobre qué creer o no. Los temas religiosos los contaré en otra etapa de mi vida, los que me atañen hoy son los relacionados al amor. Por ejemplo, a sus cinco o seis años, un día saliendo de su colegio, me preguntó si podíamos casarnos con más de una persona. Mi mente empezó a maquinar qué decir, mi respuesta, como siempre, fue larga y explicativa. Le dije que en El Salvador no era permitido, pero que había países donde los hombres se casaban con muchas mujeres y países donde las mujeres podían casarse con más de un hombre. Que aquí, en el país, habían personas que estaban juntas, sin legalidad, solo por amor y, en el peor de los casos, solo por los hijos o por miedo a la soledad. Ella siguió indagando y preguntó si podía casarse con alguien del mismo sexo y yo le dije que sí, pero que igual, no en todos los países se podía. Después de una larga charla, me dijo que amaba a sus dos mejores amigos Mateo y Diana, entonces, que ella se quería casar con los dos.

Yo sabía que en esa respuesta no había malicia. Ella nada más había concluido que una se “casa” con quien ama, obviamente, a esa edad ella no traducía nada a temas sexuales o relacionados a vivir en pareja, sino solamente al amor puro de niña y ella no quería separarse nunca de sus dos mejores amigos.

Fue así como empezamos a hablar de muchos temas relacionados a la convivencia en pareja y sobre el feminismo y el patriarcado. Para mí fue muy difícil decirle un día que en su colegio mandaban a decir que no podía ir de short. Ella siempre, siempre, pregunta, aun a la fecha, “¿por qué?” a todo y es increíble cómo ese simple cuestionamiento trae grandes respuestas. Tuve que decirle que ella se sentaba a veces muy despatarrada y que se veían sus piernas y a veces “sus partes íntimas”, a lo que ella siguió preguntando que por qué eso era malo. ¡Diosmío!, qué decir, ante esa pregunta. La respuesta fácil, y que yo no quería dar, es: porque las niñas no se sientan así, porque las niñas de bien no andan enseñando las piernas. Pero, decidí darle las herramientas para un pensamiento más amplio que ese y le dije que luego cuando fuera grande le explicaría mejor, pero que ahora lo que podía decirle es que los niños y hombres criados en el patriarcado, o en familias aun machistas, creían que si una niña muestra las piernas o sus partes íntimas estaba invitando a ver o a tocar o, más bien, ellos creían que podìan hacerlo. ¿Se imaginan que fuerte concluir esto y tenérselo que decir a ella a sus escasos siete años?

Sin embargo, su reacción fue de sorpresa. No podía creerlo. “¡Qué tiene que ver que yo ande en short para que ellos crean que pueden tocarme!, eso no tiene sentido, mamá”, me dijo. Es sorprendente como una niña pequeña puede entender, fácilmente, este razonamiento, pero las personas adultas, siguen creyendo en esas estupideces. Ante eso tuvimos una conversación de al menos dos horas que, aunque me encantaría contarla, la dejaré para otro texto. Por hoy, quiero llegar al tema del título de mi artículo-carta-introducción: la fidelidad e infidelidad.

Ella mira a su madre y padre felices y no quiere que nunca se separen, ante eso hablamos muchas veces sobre el divorcio y cuál sería la manera correcta de seguir siendo una familia, aunque papá y mamá ya no fueran pareja, hablamos acerca de diferentes posibilidades de familia que podíamos conformar. Pero nunca hablamos de la fidelidad o infidelidad, pues, personalmente, no estoy de acuerdo con la connotación que la sociedad le da esas palabras.

Busqué, para efectos de este texto, el significado oficial de la palabra fiel. Según la Real Academia Española, es un adjetivo que se le atribuye a alguien que guarda fe, o es constante en sus afectos, en el cumplimiento de sus obligaciones y no defrauda la confianza depositada en él. Por lo tanto, infiel significa, falto de fidelidad. Interesante, porque en ningún lado habla de que infiel es alguien que tuvo sexo con otra persona o se enamoró de alguien más, porque a eso le llamamos comúnmente infiel. Y, esto es así, porque seguimos considerando a la otra persona “mi propiedad”.

Si estamos en una relación “monógama”, pero nunca lo platicamos, sino que asumimos que es así, porque la connotación de “¿quieres ser mi novia/o o quieres casarte conmigo?” es “nos pertenecemos el uno a la otra como propiedad privada”. A mi parecer, a la hora de pensar que es una relación con exclusividad, hay que tener claro que eso no exonera a que la otra persona conozca a alguien más, que se gusten y entablen algún tipo de relación. Si mi pareja me llegara a confesar que se siente atraído por alguien más, al menos yo, no asumiría que por eso no me quiere, que prefiere estar con esa persona que conmigo o que la ama más que a mí. En todo caso, preferiría hablar y poner nuevas reglas del juego, puesto que es una decisión propia estar juntos y no una obligación carcelaria que no le permite ser humano de manera natural y, por lo tanto, conocer otras personas y tener sentimientos hacia ellas.

Con mi hija, la conversación relacionada a este tema, vino a raíz de una canción infantil que dice “patito color de café, por qué estás tan triste, quisiera saber, tu pata yo vi muy lejos de aquí con otro patito color de café”. Entonces, ella me dijo, “mamá, qué feo que esa patita se fue con otro pato”. Casi me voy de espaldas ante su comentario, porque estoy segura de que ella había sacado eso del comentario de alguien más, porque conmigo no lo había platicado. Inmediatamente, brinqué de donde estaba para hablar con ella y decirle que nadie es dueño de nadie y que una debe estar en una relación por decisión propia y no por obligación. La patita tenía derecho a salir con otros patos y que eso no explicaba que el otro estuviera triste. No sabíamos nada de la relación de los patitos y por lo tanto no podíamos juzgar la decisión de ella. Que todas las personas tenemos derecho a enamorarnos cuantas veces queramos y decidir con quién estar. Lo importante es que todas las personas involucradas estén de acuerdo con ello. Que nunca debe quedarse en una relación donde las personas no están claras de los acuerdos.

Y, cuando este texto es más introducción que carta o artículo, llego al fin último de la razón de escribir y es que mi hija sepa y nunca se le olvide que: ninguna persona es dueña de otra, ni aquí ni en China, aunque la sociedad y la religión lo han estipulado así. Somos dueñas y soberanas de nosotras mismas, sin que nadie se imponga sobre nosotras. Ni nosotras sobre nadie. Las relaciones en pareja o en harem o en amor libre, la imponemos de manera social y religiosa, no vienen de manera natural, por esa razón es importante criar a nuestras hijas e hijos con la capacidad de tomar sus propias decisiones, con la capacidad crítica de analizar todo lo que pasa a su alrededor, que nadie les “venda chicha por limonada”. Ellas y ellos deben ser libres y abiertos para que tengamos una sociedad diferente, en donde predomina el amor y no la posesión, donde la comunidad es más importante que sentirnos dueños o dueñas de alguien más, en donde la amistad y los riesgos se corren por decisión propia y no por el miedo a quedarse solas. Cada niña y cada niño en el mundo deben aprender a ser fieles a ellos mismos, porque es la única forma de amar con libertad.

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