Donde da la vuelta el viento


¿Han sentido esa brisa fresca, suave, pero con fuerzas, que te acaricia y también te despeina? Pues así fue mi tarde del sábado. Conversación con un amigo, mi hija y un par de bebidas en la mesa.

Palabras iban y palabras venían. Pero lo importante en esta oportunidad son los sentimientos que estaban ahí aflorando. Soledades, compañías, mentiras, verdades, aclaraciones, de repente una carcajada de la Maya, seguían las revelaciones, luego el mesero interrumpía, una marimba sonaba al fondo, en fin, un ambiente propicio para compartir.


Ese es el escenario. Ahora la reflexión después de todo lo conversado esa tarde:

El corazón es frágil. Eso es real. En todas las formas posibles es así. Deja de funcionar y te morís. Así de sencillo. Entonces, por qué algo tan bello y tan natural como el amor llega a caer ahí, en el corazón, como lo más dulce que te puede pasar o como lo más terrible. Te da y te quita vida.

Esto viene a raíz del viento que despeina y que creo que se parece mucho al amor. Es un torbellino de emociones. Ese amor estable de pareja. Esa estabilidad que mueve el suelo bajo tus pies. Eso solo se entiende cuando una persona ya está casada o formalizada en una relación a largo plazo, conviviendo juntos en una misma casa. Fíjense bien: una cosa es el amor de su vida y otra bien diferente al amor de sus sueños.

El de los sueños lo tenemos desde chicos, soñamos con que tenga los ojos así y asá, que sea agradable, que sepa bailar, que me haga reír, etc. y la primera vez que vemos a ese ser volamos por las nubes, nos duele el estómago, pasamos horas por teléfono (hoy, chateando o mandando mensajitos) y anda uno con una cara de baboso que no puede con ella. Si eso funciona o no, ese es otro cuento.

El real, sin embargo, es aquel que aunque use lentes de aumento, sea medio amargado, tenga dos pies izquierdos y solo cuente chistes de Pepito, la segunda vez que lo viste te enamoraste de él o ella y no te importó saber nada más. La relación funciona, el amor está sobre todas esas cosas y te empezas a interesar por otras cualidades, como que te sirve el desayuno en la cama, te da un beso de buenas noches apasionado todos los días, te deja escoger la película de cine que verán, te cuida y atiende cuando estás de goma o con gripe, te sigue queriendo a pesar de que en las mañanas estés con mal aliento, despeinado y de mal humor, rascándote la nalga izquierda mientras vas al baño con la puerta abierta. Ese es el amor cotidiano. Que sea aburrido, sin pasión y te cueste acoplarte también es otro capítulo.


En resúmen, ambos son una decisión. Porque uno crece en una familia determinada, no hay oportunidad de escoger. Pero la familia que uno forma, esa sí la escoge uno. Primero porque cuando uno "sienta cabeza" escoge a la persona con la que quiere construir vida (el secreto está en saber escoger bien a la persona: la de tus sueños o la real). Luego, cuando nace tu hija o hijo, que acogés, mas no escogés, tenés la oportunidad de educarle y enseñarle todo lo que quieras: valores, religión, arte, ¡lo que quieras!


Entonces, tenés una familia que escogiste. Lo bonito de enamorarse de verdad (no el amor de novela, apasionado, pero que no resiste el primer ventarrón) es que aprendés a aceptar al otro a quererlo, con defectos y virtudes, con alegrías y frustraciones, con amor y con odio.

Esto quiere decir que eventualmente te enfrentas a una relación que no es tan perfecta, a una persona que tiene miles de defectos, a la incomuniación, a los "quiero estar solo/a". Todo eso se suele traducir en discusiones constantes, noches de desvelo, dormir a veces en el otro cuarto (o en el sofá en el peor de los casos). O sea que el corazón está expuesto, por decisión propia, a que todo esto pase.

Y extrañamente, aunque todo esto viene incluído en el paquete, cuando escogemos a esa persona que amamos, en vez de abrir más el corazón lo cerramos.
El amor de los sueños, cuando despertamos se esfuma. Sí, es cierto, lo he experimentado y estoy segura que muchos de ustedes. Pero el amor cuando es real, después del pleito, la discusión o estar dormido en otro lugar que no sea "nuestra" cama y la pierna que tanto te gusta "empiernar", después de todo eso, aún quieres seguir con esa persona e inventar a diario nuevas formas de enamorarte, comunicarte, expresarte, mantener la pasión.

No es fácil, pero si uno tiene la voluntad de hacerlo se puede lograr. Las famosas crisis de los cinco o siete años son un chiste a la par del amor. O así debería de ser. Pero la realidad es que el amor no basta. Esa es una conclusión a la que llegué hace ya varios amores que tuve. Me enamoré hasta la yema de los dedos, hasta la punta del pelo y hasta los poros. Así de enamorada estuve, pero tenía que decidir, entre vivir un amor de fantasía, pero incapazas de hacerme feliz en la cotidianidad y ese amor real que te duele, pero que te hace inmensamente feliz.

Entonces si estás con alguien que amás, pero ya no te hace feliz a "volar pajaritos", porque todos merecemos ser felices y encontrar el amor real; pero, si esa persona te sigue haciendo feliz y aun podés identificar qué es lo que está fallando, encontrar a dónde está la fuga, entonces reparémoslo, busquemos una curita o un fontanero que ayude, pero reparemos la situación. Esto incluye aceptar que "yo" puedo ser el problema también y no solo el otro.
No dejemos ir ese amor tan valioso por puro ego, por puro amor propio. El amor es bonito, compartido.

Y digo esto, con toda la solvencia de que, si un día dejo de ser feliz, puedo ser coherente con mis palabras. Por ahora, señores y señoras la felicidad y al amor siguen conmigo: siguen siendo una brisa que me acaricia y despeina. A veces solo hay que dejar que el viento dé la vuelta y regrese uno más limpio, más fresco, más dispuesto al amor.

Yo también a veces me siento a esperar que esa brisa llegue y, gracias a Dios, siempre ha llegado.

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