Una noche...

Una noche Miriam se sentó frente al ordenador, con un poco de insomnio, porque se había despertado soñando con Miguel. Era una especie de pesadilla, porque había piernas entrelazadas, bañadas en sudor, espaldas moviéndose rítmicamente al son de las pelvis y al mismo tiempo se mezclaba un olor a las flores de su entierro que la ponía muy mal. Sentía éxtasis y ganas de llorar a la vez. Se despertó agitada y confundida.


Así que se fue directo a la caja de zapatos donde guardaba algunas cosas de su historia con él y buscó con desesperación la primera nota que intercambiaron. La miraba fijamente, la leía, cerraba los ojos, recordaba, lloraba un poco y al mismo tiempo se sentía estremecida, en todas las formas que una mujer puede sentirse movida por un hombre. Cuando se calmó un poco, empezó a escribir en su blog.

“Miguel, anoche tuvimos un encuentro muy real, muy lleno de nosotros. Fue quizás la tercera o quinta vez que estábamos juntos, no lo recuerdo bien, pero sí recuerdo la nota. Recibí esta nota tuya en mi cama y quería contestarla más ampliamente, casi 15 años después.

Tu nota dice ‘esperaba alguna señal de que esto ocurrió realmente’. Muy bien, te respondo. Sí, de verdad ocurrió. Empezó porque yo andaba vulnerable por cierto comentario, de cierta persona que ahora ya ni tan siquiera recuerdo su nombre y menos el comentario, pero sí recuerdo lo mal que me sentía, lo vulnerable que mi corazón estaba. Toqué tu puerta y abriste, confundido de que una chiquilla como yo te haya llegado a buscar a media noche a tu apartamento de soltero.

Pregunté si estabas disponible. Dijiste que sí y me pasaste adelante. No preguntaste mucho, solamente tu mano recorrió el escote en mi espalda con unos dedos que de ‘fugaces parecían eternos’ y dijiste ‘pasa adelante, siéntate, ¿quieres tomar algo?’ No respondí a esa pregunta, sencillamente me abalancé a besarte. ¿Te acuerdas? Parecen miles de años atrás.

Ya no sabía dónde empezabas tú y dónde terminaba yo. Estábamos tan mezclados que la señora que miraba por la ventana en el edificio de enfrente corrió a traer sus gafas para cerciorarse que veía lo que veía. Recuerdo que nos causó mucha gracia y nos movimos sin pensarlo a la habitación.

Fue una noche mágica. Era la primera vez que no se trataba solo de sexo, no para mí. Sin embargo, como ya habíamos estado juntos un par de veces antes, ya sabíamos claramente lo que el otro quería, eso era muy reconfortante en el momento más íntimo. Éramos gemidos y cuerpos sudorosos. Sin embargo, lo que más recuerdo fue, cuando después del encuentro, yo estaba tiraba boca abajo, agotada, en tu cama, cuando de repente sentí tu piel desnuda caer sobre mí, tu respiración al oído, tu aliento tibio susurrando ‘te quiero’. Mi cuerpo se estremeció más que los minutos anteriores. Teníamos apenas unas semanas hablando en ciertos encuentros casuales y me decías esas palabras. Me confundí de inmediato. El que sufrió fue mi pobre novio de esa época que terminó solo, porque yo estaba ‘encontrándome’.

Ahora, que veo esa noche en retrospectiva y leo tu nota del día siguiente pienso en lo especial que eras. Estabas tan lleno de sorpresas y hoy que me siento a buscarte aquí, en una pantalla luminosa, y no te encuentro, tengo una sensación de ansiedad tan terrible, tan absurda que lloro.

¿Sabes que esa ha sido la noche más maravillosa que tuve en ese período de mi vida? Tenía apenas 19 años, pero ya había tenido bastantes experiencias sexuales y, una que otra amorosa, pero ninguna tan intensa y especial como esa. Fue un encuentro ‘virtual’ como decimos ahora. Virtual, porque todo era una apariencia de la realidad que nos permitía tener la sensación de estar presente en ella. Vos estabas casado, sufriendo porque había algo dentro de ti que no entendías, y yo era una chiquilla confundida buscando amor y compresión en los brazos de un hombre adulto. Ahí estábamos los dos viviendo una fantasía, porque no podía ser nuestra realidad. Cuando lo veo así, no tengo otra forma de llamarlo. Tuvimos un amor virtual, antes de que esa palabra fuera tan común como ahora.

En fin, este día, te extraño más que antes, porque ahora sé que no puedo llamarte por teléfono para escucharte y tranquilizarme. Porque sé que no correrás a mí por más que te invoque. Porque te siento más cerca que nunca y es una sensación de vacío total, porque estás más lejos de lo que cualquier boleto de avión solucionaría.

Dos, cuarenta y nueve de la mañana, marca el reloj de la computadora. Veo el chat, esperando que mágicamente digas ‘hola’, lo cual me causa gracia, no solo porque estés muerto, si no porque jamás usaste estos medios cibernéticos para comunicarte. Siempre usabas el papel y la pluma. ¡Tengo muchas cartas tuyas! Probablemente empezaré a responderlas eventualmente, pues mis respuestas del pasado ya no las siento tan reales, como las respuestas que puedo darte en estos días.” Publicado 2:51 de la madrugada.
______________________

Desempolvando escritos viejos

Comentarios