Corazón coraza, pero no el de Benedetti (Taller Rayuela)


Había un caballero armado, de plata su vestimenta, de oro su espada. Su rostro no dejaba ver, su piel no sabíamos de qué color era, sus manos sabíamos que eran fuertes por la forma de luchar. Pero, había especial curiosidad por su corazón coraza, pues, su armadura era tan fuerte, tan lejana, que no dejaba pasar una flecha, una espada, ni un amor.

Siempre ganaba sus luchas, estaba acostumbrado a hacerlo, hasta que llegó el día que una doncella a un duelo lo retó. Vestida de velos transparentes, que de tantos su cuerpo no podíamos ver, se acercó y le dijo que lo había visto rondando su castillo de forma sospechosa, que eso no le gustaba nada, así que si algo tenía que decir que lo hiciera. Él guardó el silencio que lo caracterizaba, estaba acostumbrado a luchar, pero nunca a hablar. Estaba desconcertado, el corazón de ella lo llevaba en la mano. Lo que él no sabía es que esa era su forma de luchar, frágil, vulnerable, expuesta a todo. También estaba acostumbrada a ganar todas sus batallas, pero nunca había conocido a alguien como él.

Él montaba un caballo negro, fuerte, pero dócil. Ella estaba descalza en el piso de tierra, eso la fortalecía, porque recibía toda la energía y fuerza del bosque. Así uno parado frente al otro, solo estaban esperando el momento del ataque.

Todos mirábamos atentos, era la primera batalla de uno a uno que tenían los dos, con semejante contrincante tan dispar. “Pobre, no tiene cómo defenderse”, pensaron los dos al unísono, sin saber nada del otro.

Pero pasó el tiempo, la muchedumbre nos empezamos a aburrir, ellos solo se miraban. Él a través de la apertura de su casco miraba el cabello oscuro y brillante de ella, sus pies descalzos y suaves a pesar de andar descalza todo el tiempo, pero lo que más lo aturdía y no le permitía atacar era ver el corazón de ella, siempre estaba latiendo, siempre estaba diciendo algo: “pum pum, pum pum…”

Ella no podía verlo a él. Estaba ahí escondido bajo esa armadura y pensó que quizás siendo más como él podría acercarse. Ella llamó a la bestia que la movilizaba, pero no era un caballo, era un dragón, lo que intimidó mucho al caballero, pero eso no lo desmoronó, solo sirvió para inflar el pecho y ponerse en ataque. Ella se calzó de botas de acero y usó un casco de diamante, guardó su corazón en un cofre con llave y dio el primer ataque.

Todos volvimos en sí. Nos restregábamos los ojos para ver qué pasaba y desperezamos al ver la llamarada de fuego que el dragón lanzó. El caballero esbozó una sonrisa, que nadie pudo ver, y se lanzó sobre ella. Lucharon como un día o dos. Todos nos volvimos a quedar dormidos, porque ninguno de los dos ganaba, pero es que no era una real lucha, seguían estando distantes y sin verdaderas armas para luchar. Parecía que solo era la necesidad de ganar terreno, de sentir que habían vencido a su contrincante, pero nada más que eso.

Él se cansó de esto y por primera vez se bajó de su caballo. Esto por supuesto confundió a la doncella, quien lo miraba desde su dragón. Se quitó las vestimentas, cosa que nadie apreció porque estábamos dormidos. Ella se sorprendió porque el corazón de él lo andaba expuesto también, colgaba sobre su pecho de una cadena de bronce, estaba firme, pero podía verlo. Volvió a tomar su espada y empezó la lucha de nuevo. Esta duró menos, porque él no estaba acostumbrado a estar descalzo y su corazón empezó a llenarse de polvo y el aire lo constipaba un poco, así que decidió subirse toda su armadura de nuevo.

Cansados todos de este cuento, al abrir los ojos y verlos parados ahí, uno frente al otro, sin decirse nada y de nuevo cada uno en su vestimenta original: ella sin armadura y sin bestia que la respalde, él con su corazón coraza y su gran espada de oro, decidimos marcharnos.

En ese momento, en el que todos nos fuimos, no pudimos ser testigos de cómo ella se acercó a él, le tendió la mano y el cedió. A los dos dejó de importarles las vestimentas del otro, la lucha del otro, ambos se dieron cuenta que son más parecidos de lo que creen, solo tienen forma diferente de luchar, de creer en la vida, pero ambos saben luchar y están acostumbrados a ganar. Así que más valía que se rindiera el uno al otro, antes de entrar en una lucha interminable que no haría más que agotarlos sin llegar a ningún lado.

Ahora, se citan una vez al año, en medio del bosque, donde nadie podemos verlos, donde pueden conversar sin luchar, donde ambos ponen sus vestimentas de velos y armaduras a un lado y pueden disfrutar de sus corazones y sus cuerpos.

Cada vez que este ritual ocurre, ninguno podemos saberlo, pero ese día el sol está más radiante, el cielo despejado y lleno de estrellas, los olajes del mar se disipan, a pesar de la luna llena y el equilibrio del universo nos da un instante mágico a todos.

De esta forma, los 364 días del año restantes, los años luz –de los que ellos no saben nada- los separan y les permiten estar en el mundo de cada quien, donde él disfruta de toda su comarca de armados vencedores y ella es feliz con todos los corazones palpitantes que siempre están diciendo algo… pum pum, pum pum, pum pum…

Y, colorín, colorado, este cuento no ha terminado…
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En proceso de revisión

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