“Charlie, querida, te cuento que estoy a punto de comprarme
el último iPhone, este que tengo ya pasó de moda”. Maren era una joven de 21
años. La típica pulgarcita. La mujer que tiene el mundo en su teléfono. Solo
con un clic lleva su agenda, está en contacto con sus amigos, maneja a su
escasa edad un negocio propio con una aplicación que vende por internet.
En Pekín, Lucía Bai, a sus 17 años dejó de estudiar, es
huérfana y vive con unos tíos paternos. Fue decisión familiar que se dedicara a
trabajar y ayudar en casa, en vez de perder el tiempo estudiando. Tiene seis
meses trabajando para la fábrica de los smart phones que todos usan hoy en día.
Su tarea es ensamblar una pieza minúscula que ni ella sabe ni le interesa para
qué sirve.
Está tan hastiada de su vida, de ese ir y venir cotidiano,
que al escuchar cómo otras adolescentes planifican su muerte decide acercarse y
escuchar. Las otras guardan silencio al ver que los oídos de Lucía prestan
atención.
Algunos de los empleados duermen en una estadía que les da
la misma empresa. Los dormitorios huelen a basura y los espacios, que cada uno
tiene para guardar algunas de sus pertenencias, están rebalsando de cucarachas,
las sábanas están sucias, llenas de orines o sangre y cenizas de
cigarros. A Lucía le había tocado un espacio del último que se suicidó el
pasado miércoles.
“Aquí trabajamos por dinero, deberían sentirse orgullosos de
hacer uno de los teléfonos más usados en el mundo”, el supervisor de esa
sección daba las palabras de cierre de una jornada. Todos con la cabeza
agachada y viendo al suelo caminan hacia esas pocilgas sin querer pensar un
minuto más en nada. No les importa nada. Ni sus vidas, ni el dinero que gana la
empresa dueña de esos teléfonos, ni las hijas de papi y mami que añoran cambiar
su teléfono porque pasó de moda.
Mientras tanto, Lucía cierra sus ojos, sobre las sábanas que
fueron las únicas testigas de los últimos pensamientos de Yang antes de
planificar su propia muerte. Entre los edificios se han colocado redes desde
entonces, para que si alguien decide suicidarse quede atrapado en las redes,
les han puesto psicólogos y les dan fiestas cuando la empresa tiene más ventas
de las esperadas. Pero las condiciones de vida adentro siguen igual.
“Corderito, corderito, duerme ya, duerme ya…” Lucía canta la
canción de cuna que su tía le cantaba cuando era una niña de dos años, que fue
cuando sus padres murieron en el terremoto de 2010 soterrados en el edificio
que trabajaban, “duerme ya, que mañana, que mañana podrás pastar”… ella logró
hacer amistad con las chicas y también tomó una dosis de esas píldoras que
ellas le dieron, todo para acabar con ese martirio de seis meses.
“Feliz cumpleaños a ti”, corea un grupo de chicos en el cumpleaños
de Maren. Ella estrena su nuevo teléfono, con el que se toma “selfies” para
subirlas a las redes sociales. Ya está borracha y lista para hacer el amor con
su novio. “Ciao, chicos, nos vemos mañana, nosotros nos vamos a dormir”.
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